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El Periódico de Aragón

Javier Fernández

El artículo del día

Javier Fernández López

No entiendo casi nada

Por favor, dejen de utilizar el terrorismo como arma arrojadiza en el debate político

La política española está ya de lleno en un periodo electoral, si es que ha dejado en algún momento de estar así. Las elecciones en la Comunidad de Madrid, con la arrolladora victoria de Isabel Díaz Ayuso y la de su compañero, Alfonso Fernández Mañueco, no tan exitosa, en Castilla y León, parecen anunciar la próxima de otro gobernante de ese partido, Juan Manuel Moreno Bonilla, en Andalucía. Aunque se trata de tres elecciones de ámbito regional, su seguimiento y noticias conexas tienen un indudable recorrido nacional, anticipando lo que, según encuestas y analistas, será la victoria de Alberto Núñez Feijóo cuando se celebren comicios para renovar el Congreso de los Diputados y el Senado y, en consecuencia, el Gobierno de España.

Los ciudadanos que van a votar ahora en Andalucía van recibiendo mensajes que les ayudarán a decidir, algunos muy claros y otros más dirigidos al subconsciente. Voy a fijar mi atención en dos noticias que se han producido en los últimos días y que, supongo, ayudarán a algunos indecisos a conformar su voto.

En un conflicto tan largo y sangriento como el que hemos vivido en España, con víctimas y verdugos, todas las personas bien nacidas se deberían posicionar del lado de los muertos, heridos y doloridos. Solo quienes han incubado dentro de sí un odio insuperable han podido asesinar o aplaudir a los etarras. Esto es así y una inmensa mayoría de españoles compartimos ese sentimiento. A los asesinos y a sus simpatizantes les hemos dicho, incluso desde tribunas tan importantes como la del Congreso de los Diputados, que si dejaban de matar podrían defender sus ideas con la palabra y que, incluso, podrían hacerlo si obtenían los votos de sus vecinos, desde las instituciones. Y han dejado de matarnos. Y están en las instituciones. Ayuntamientos, diputaciones, parlamentos regionales y nacionales, gobiernos de estos ámbitos, en todos ellos hay quienes se presentan a elecciones bajo siglas que engloban al mundo próximo a los etarras. La pregunta es evidente: ¿qué hacer con ellos? Un dirigente muy importante del PP, Javier Maroto, pareció entenderlo bien y aceptó la colaboración de estos grupos mientras fue alcalde de Vitoria. En cientos de localidades del País Vasco y Navarra formaciones de derechas pactan con representantes del mundo etarra. ¿Está bien? ¿Deberíamos evitarlo? Si hacemos caso a declaraciones de dirigentes del principal partido de la oposición, votar con Bildu es ser amigo de los etarras. Saben que mienten. Y saben que esas declaraciones hacen daño. No siembran decencia, todo lo contrario.

Lo que he escrito en el párrafo anterior viene motivado por una conversación que escuché hace unos días por la calle. Iban delante de mí dos personas, con apariencia de ser pareja, mujer y hombre, de unos cincuenta años, y al adelantarlos escuché que la mujer decía: «el asesino de Sánchez nos va a arruinar». Dejando de lado sus predicciones económicas, calificar al presidente de asesino no es algo que salga así, de repente, es un pensamiento que se ha incubado dentro de alguien que ha escuchado a sus líderes decir eso de «amigos de los asesinos». Por favor, dejen de utilizar el terrorismo como arma arrojadiza en el debate político. Ya han dejado de matar, sigamos despreciándolos, pero que no sirvan para envenenarnos. Los votos hay que buscarlos con otros métodos y la decencia debería ser una buena guía.

Fue en el Parlamento andaluz donde, en 2018, irrumpió con fuerza por primera vez la formación de ultraderecha Vox. Según la mayoría de encuestas, en las elecciones del 19 de junio próximo van a mejorar aquel resultado. No diré que la culpa del auge de esta formación la tengan ciertos partidos de izquierda, pero creo que puedo afirmar que un buen empujón sí le están dando. Si fijamos en el PSOE el punto de referencia, a su derecha parece claro, PP y Vox, y a su izquierda hasta ocho grupos. Uno de ellos, Adelante Andalucía, que va en solitario, liderado por Teresa Rodríguez, la imagen de Podemos en esa comunidad autónoma en sus inicios dentro de la corriente «anticapitalistas», es decir los más radicales. Ahora se presenta en una formación, que califican de izquierdas, pero en la que el foco se pone en el andalucismo. Un cóctel de difícil digestión. Los otros siete partidos, cuya enumeración no creo necesaria, dicen que quieren ir en coalición, pero alguno de ellos, Podemos, no se ha integrado. Al parecer hay un cierto problema de liderazgo y escuchamos con estupor decir a Pablo Iglesias, quien utilizó el método digital para designar a Yolanda Díaz como su sucesora, que no le gusta el dedazo para buscar a la cabeza de la coalición y que hubiese sido mejor hacer unas primarias. Sin comentarios. A mí me gustaría que explicasen los matices programáticos entre estos siete partidos. Cuáles son las diferencias para que tengan que existir tantas formaciones que más o menos defienden las mismas ideas. Y, me temo, que no lo conseguirían.

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