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El Periódico de Aragón

Juan Alberto Belloch

Con la venia

Juan Alberto Belloch

Exalcalde de Zaragoza y exministro de Justicia e Interior

Justicia distributiva

Hemos de evitar que los ciudadanos pierdan su fe en las instituciones apostando por la transparencia

No es fácil encontrar un personaje capaz de generar un grado de indignación y rechazo tan intenso y extenso como el que despierta Pedro Sánchez. No pretendo asumir el papel por demás original, de contrapunto hagiográfico del presidente pues entre otras razones no comparto su manera de ejercer la política. Nada alarmante, dado que estoy anclado y con mucho gusto, en un tiempo pretérito en el que los dirigentes políticos eran personas en verdad relevantes y con indubitado sentido del Estado (Felipe, Suárez, Fraga, Carrillo... ). Con esa clase de dirigentes fuimos capaces de reconstruir la España rota que se encontraron en su tiempo político. También hay que mencionar, pese a que no esté en sus mejores días, el importante papel que jugó el rey Juan Carlos I en aquel proceso.

Parecía que estábamos disfrutando de una época dorada poco frecuente en la historia de España. Parecía que la bonanza era irreversible y que habíamos logrado por fin encontrar una salida al viejo laberinto español. Parecía, que habíamos dejado para siempre atrás la maldición de las dos Españas, esa Historia como dice el poeta, que siempre acaba mal y que por ello, es la más triste todas las historias.

Como sabemos, la realidad imita al Arte. Y está ocurriendo otra vez lo que otro poeta dejó escrito. Se están despertando todos los demonios que creíamos bien enterrados en el fondo de nuestro jardín español. ¿Qué ha pasado? No es difícil hallar responsables de lo que está ocurriendo, es la clase política en primera instancia. Es tan anodino y vulgar su comportamiento que bien pudieran justificar una racional melancolía, un razonable temor de volver a las andadas

Es cierto además que hay datos cada vez más preocupantes que apuntan a una crisis institucional y sistémica de carácter global. Pese a todo ello, creo que la situación no explica el grado de indignación que provoca la clase política en general y el Sr. Sánchez en particular, salvo que convengamos en que es el único y absoluto culpable de todas las desgracias y maleficios que sufren España y el mundo. Posición excesiva pues supone otorgar al presidente una fuerza hercúlea que a mi parecer, no tiene. Son tan desproporcionadas las acusaciones que me cuesta mucho trabajo vencer la tentación de defenderle sin más motivo que el de impartir una cierta justicia distributiva. La realidad es más simple. Tenemos el Gobierno y la oposición que merecemos, unos más que otros. Nuestra responsabilidad como ciudadanos, consiste en denunciar los errores en que están incurriendo las instituciones pero eso sí, con la honesta pretensión de superarlos y no con la indisimulada finalidad de descalificarlos. Me quiero referir hoy a la más importante de las instituciones: las Cortes Generales y el ejercicio de su actividad parlamentaria. Se produce en demasiadas ocasiones una anomalía democrática y es supeditar su actividad a las exigencias de la actualidad mediática, en detrimento de cuestiones realmente importantes que son relegadas al olvido o al tratamiento superficial de su contenido. Tales prácticas deterioran el prestigio de Congreso y Senado sustituyendo el verdadero debate por meros chascarrillos.

Más grave aún es en términos democráticos, el dominio absoluto que ha alcanzado lo que podríamos llamar «llave de oro» a todo lo largo de esta legislatura, llave que abre todas las explicaciones y tiene como premisa el entender que lo único importante es alcanzar el número de votos necesarios para que prospere la iniciativa en curso, sin importar quiénes sean los socios puntuales que la avalen por un momento fugaz y sin importar cuáles sean las concesiones a cambio del voto. Excluye de nuevo el debate y lo sustituye por la aritmética.

Una tercera anomalía me sorprende y hasta me irrita. Consiste en votar no pero al propio tiempo desear con toda el alma que gane el Sí (de nuevo las matemáticas juegan su papel). Los expertos hacen sus cálculos para lograr que su partido pierda la votación y la gane el Gobierno, su supuesto rival. Se sostiene por los defensores de la tesis que esta forma de ejercer la oposición es la única posible para no boicotear los intereses generales. También se argumenta que si la iniciativa gubernamental de «Estado» corriera peligro, los partidos responsables deberían cambiar el sentido de su voto para hacerla factible. Es la típica política de mesa camilla o restaurante de lujo solo para iniciados, olvidando que esas políticas tienen un alto coste en términos de pérdida de credibilidad de los partícipes en el contubernio.

Hemos de evitar que los ciudadanos pierdan su fe en las instituciones apostando por el rigor y la transparencia.

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