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María José González

¿Qué diría Marías?

Si fuera supersticiosa diría que los once de septiembre están gafados. No lo soy o quizás no quiera reconocer que lo soy un poco, que quizás todos lo somos un poco, difícil no mostrar cierto respeto o miedo ante el caótico azar en que se desenvuelven tantas cosas que nos afectan y que quedan fuera de nuestro control y alcance. Es posible que quienes no fuesen asiduos lectores de Javier Marías, que en este caso es tanto como decir fieles seguidores, estén comenzando a cansarse de ver cómo se suceden los reconocimientos y homenajes tras su muerte.

Me cuesta incluir en la misma frase su nombre y su deceso. Nunca tuve en cuenta que era mortal, ni por un solo momento se me ocurrió pensar que podía dejarnos. Llegué a Marías gracias a la recomendación de un buen amigo a principios, muy principios de los noventa. Desde entonces Javier Marías ha sido para mí uno de los referentes más importantes y es que, más allá de mi admiración hacia él como escritor –más que bueno, magnífico; más que notable, brillante–, Marías ha supuesto en mi vida, y diría que en mi formación, una referencia no solo literaria sino intelectual. En todas mis lecturas de todas las novelas de Marías me ha acompañado un lapicero o un bolígrafo absolutamente necesario para subrayar o destacar frases, ideas, palabras que sembraban en mí esta fascinación que mis allegados bien conocen e incluso reconozco que pacientemente han soportado durante tanto tiempo. Ellos que solían decirme: «Pepa, ha salido un nuevo libro de Marías, pero bueno seguro que ya lo sabes y hasta lo tienes», ya no me lo podrán decir más.

Tuve la inmensa suerte de conocer a Javier Marías, estuve charlando con él en un par de ocasiones. La primera de ellas tuve la osadía de regalarle un libro, porque pensé que tal vez le podría ser de utilidad en su permanente estudio del silencio y los secretos, presentes siempre en sus obras. La segunda vez fue aún mejor: compartimos un café a solas y mientras me confesaba su pasión por el fútbol, –y cómo no por el Real Madrid–, yo no acaba de dar crédito a tan encendida defensa de ese deporte que, para mí, en cambio, nunca ha supuesto gran cosa. Comprendí que era un homenaje vivo a su infancia y adolescencia. Culto, crítico, sorprendente, libre, sobre todo libre, sus opiniones vertidas en artículos periodísticos le canjearon en ocasiones fama de tipo antipático y algo cascarrabias. Niego la mayor. Solía tener más razón que un santo. Otra cosa es que su inalterable apuesta por la buena educación, la honradez política, la excelencia en cuanto se inicia y la decencia en todos los ámbitos de la vida pudieran resultar incómodos a más de uno.

Hasta el once de septiembre tenía a mi alcance la fortuna de saber que él y su formado y argumentado criterio iban a estar ahí, que ir a por su última novela y entregarme a su lectura perdiendo la noción del tiempo eran regalos que la vida me ofrecía. Después de esa fecha habré de conformarme con volver a sus libros, a mis subrayados y notas en ellos, e imaginar en cada situación que me plantee un dilema o que me exija adoptar una posición: ¿qué pensaría Marías? Ni puedo ni debo aspirar a expresarlo como él lo haría, ni ese es mi oficio ni yo soy, como él lo fuera, maestro de la palabra por mucho que la Academia hueca, ¡perdón!, sueca, no fuera lo suficientemente inteligente como para darse cuenta a tiempo. Gracias por todo, Javier Marías.

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