Opinión

Fanáticos de salón

Todo el mundo anda alarmado por la confrontación social creciente en España. Reconozco que yo también, pero no por el fanatismo clásico que es siempre más ruidoso que numeroso en todo el arco ideológico y tiene más de fuego artificial que de dinamita. Creo que hay que preocuparse cuando, como ahora, aflora un fanatismo de salón, un obsesivo proselitismo entre lo plasta, lo cursi y lo cruel. A mí me gusta que la gente se exprese y tener claro de qué vamos todos, pero una vez hecho, tampoco hace falta exagerar. Seguramente ustedes también irán comprobando cómo hay personas dispuestas a hacer pedagogía no pedida sea cual sea la ocasión. Sin descanso. Ocurre cuando empiezas a ver que no puedes llevar una conversación banal, cual ingleses en un ascensor (ese punto culmen de la civilización) ni visitar determinadas páginas o muros sin que la persona en cuestión te adjunte su homilía. Da igual que se hable de literatura, de cine o de pintura. Todo vale. El adversario no es para ellos una pluralidad de ciudadanos que pueden opinar de manera distinta, sino una especie de personificación unitaria de las maldades en un ejercicio de simplificación que debería resultar vergonzante para cualquier inteligencia media. Y además, no lee. ¡Ja! Sin embargo, los propios son todos bellísimas personas inmensamente leídas y conscientes. Con esta absurdez, cualquier matiz político desaparece y reina una especie de alucinación autocomplaciente de la ética y la bondad, que están siempre de nuestro lado como Dios lo estaba de Santiago Apostol. Se justifica lo que sea y como sea de los propios y se cierran los ojos y el entendimiento a todo argumento que no esté alineado a la perfección.No creo que se haga más en la izquierda que en la derecha pero a mí me afecta más verlo en la izquierda. Qué quieren. No soy neutral.