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FLAMENCO EN EL PRINCIPAL

Crítica de Javier Losilla: Israel Fernández, en el laberinto del cante

El cantaor toledano actuó el martes en Zaragoza, en el Teatro Principal, acompañado por la guitarra de Diego del Morao, instrumentista rotundo y viajero

Israel Fernández y Diego del Morao actuaron el lunes en el Teatro Principal de Zaragoza.

¿Qué hacemos con Israel Fernández? Dos cosas: disfrutar de su cante poderoso y de registro amplio, y pedirle que vaya un poco más allá en la elaboración de sus repertorios. El cantaor toledano actuó el lunes en Zaragoza, en el Teatro Principal, acompañado por la guitarra de Diego del Morao, instrumentista rotundo y viajero, musicalmente hablando, que trastea hasta las orillas del flamenco y se desvía hasta 'El amor brujo', si se tercia, y el cajón de Ané Carrasco. Israel, en su garganta prodigiosa, reúne lo viejo, lo nuevo, lo ancestral y lo contemporáneo. Lástima que en sus presentaciones en directo transite solamente por un puñado de palos: soleá, tientos, seguirillas, bulerías, fandangos y poco más.

El universo de lo jondo es amplio y variado, pero a Israel parece darle algo de repelús internarse en él, más allá de los límites descritos. Con sus facultades y la largura y elasticidad de su cante podría armar todo un catálogo flamenco de padre y muy señor mío. Y lo mismo ocurre con los textos: joven como es, aunque amante de la tradición bien podría salir de ese círculo algo vicioso de amores sufridos y dramas familiares. Sí, cita a Bécquer y traslada al compás flamenco la jota de Manuel de Falla (“Dicen que no nos queremos / porque no nos ven hablar”), pero la cosa no pasa de ahí.

El martes gozamos con el rajo y el arrebato de su arte, claro, pero tal vez convenga recordar que su concierto, en lo que a cantes atañe, no fue muy diferente de los que ofreció en la ciudad en 2019 y en 2021. Por cierto: una sonorización de su voz y de la guitarra con menos agudos se habría agradecido mucho. En fin, que así estamos: frente a un monstruo (como dicen los adicionados de toda la vida), frente a un intérprete feroz; pero, como el minotauro de Creta, Israel Fernández se encuentra atrapado en su propio laberinto flamenco.

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