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El Periódico de Aragón

Jesús Jiménez Sánchez

Jesús Jiménez Sánchez

Vicepresidente del Consejo Escolar del Estado

Los ‘mejores’ en el mundo de la educación

Los reconocimientos deben estar sustentados en méritos contrastados y no como «pago» por favores recibidos

El mejor profesor. El mejor colegio. El mejor «lo que sea». Y lo diga quien lo diga. Porque ante todo es marketing. No es que sean malos. No. Pero hay otros tan buenos o mejores que algunos premiados. Aunque nadie se acuerde de ellos.

No tengo nada contra los premios. Al contrario. En la mayoría de los casos, son justos y, seguramente, necesarios. Sobre todo, aquellos que reconocen una larga trayectoria. Sea de un centro que ha desempeñado un papel transformador en su entorno o de un docente que ha dedicado, con esfuerzo e ilusión, toda su vida a la enseñanza. Y pueden ser estimulantes. Para quienes se han lanzado a abordar proyectos innovadores e incluso para muchos otros que todavía necesitan un pequeño empujón.

Ni contra los reconocimientos. Condecoraciones. Distinciones. Hay instituciones que se los merecen. Y centros educativos. Y profesores. Y personal de administración y de servicios. Y alumnos. Y organizaciones sociales. Para reconocer públicamente su esfuerzo. Su voluntad de servicio. Su compromiso social. Su callado buen hacer. Su excelencia en labores educativas. Está muy bien que la sociedad conozca y valore en lo que se merece tanto trabajo. Tantas veces callado. Otras tantas olvidado. Pueden servir de ejemplo para muchos. Para quienes están anclados en la rutina escolar. Para los más jóvenes. Sólo un «pero». Que esos reconocimientos estén sustentados en méritos contrastados. Y no sean fruto de amistades con los que mandan en un determinado momento. Las medallas hay que ganárselas. No pueden servir de «pago» por favores recibidos.

Tengo bastante en contra de los rankings. No de todos, por descontado. Los hay muy serios y científicamente rigurosos. Como el de Shanghai en universidades o PISA en el ámbito no universitario, por citar solo dos de los más conocidos. Se podrá discutir si miden esto o lo otro. E incluso las intenciones que puede haber al realizarlos. Las instituciones que los patrocinan tienen historia e intereses conocidos. Pero lo que miden, lo miden bien. Muy bien. Con criterio e indicadores fiables. Otra cosa es el uso que se haga después de esas clasificaciones. Y de las comparaciones. Comunidades autónomas que sacan pecho cuando salen bien en las pruebas de una edición y echan tierra encima cuando a la siguiente bajan sensiblemente sus resultados. Universidades que tiran de incensario cuando aparecen en puestos destacados y callan si se han quedado al final de tabla. Lo que habría que preguntarse es si esas evaluaciones tienen consecuencias. Si sirven para que los órganos directivos tomen decisiones. Analicen detenidamente su situación. Pongan medios correctores. Impulsen planes de mejora. Mucho más en contra de ciertos rankings chapuceros. Como algunos listados de los «mejores» centros. Brotan en primavera. Especialmente en determinados medios. Justamente en el período de escolarización para el próximo curso. ¡Qué casualidad! Luego desaparecen. Los criterios que dicen haber empleado en la selección apenas se sustentan. Nada que ver con una seria evaluación de centros. Evidente. Sin embargo, ahí están. Utilizados para justificar la orla de honor. Aunque poco importa cómo se haya hecho selección de un puñado de centros entre los cerca de treinta mil que hay en el país. Ya se sabe, «poderoso caballero es don dinero». ¿Cuánto cuesta estar como centro «de élite» en alguno de esos rankings? Así me lo confirmaba un director: «un año aparecimos en los primeros lugares y al siguiente se nos borró de la lista por no querer incluir publicidad en ese periódico». Y ¡otra casualidad! Prácticamente todos los nominados pertenecen al sector privado. Concertados y no concertados.

Nada me impresionan los «mejores» profesores. Esos que aparecen por las teles y la prensa. No creo que sean malos docentes. Pero de ahí a ser medalla de oro de un país o del universo entero, hay un trecho. Enorme en algunos casos. Los ha seleccionado una empresa o entidad con intereses muy concretos. Puro marketing. ¿Cuántos currículos personales han evaluado sus «técnicos»? ¿Con qué criterios? ¿Qué innovaciones han aportado a la educación? ¿Qué repercusión tienen sus aportaciones a la mejora del sistema educativo? Y ya en el terreno más doméstico, ¿cómo los valoran sus propios compañeros de trabajo? ¿Están integrados en el claustro o son «islas» en su centro? Porque más de uno parece que van por libre. Como estrellas de cine. Fichajes estrella arropados por una empresa editorial. De aquí para allá vendiendo obviedades. Con mucha fama, eso sí. Alfombra roja para las fotos. Cobrando por conferencias y actuaciones estelares. Alguno, hasta con personal que le lleva la agenda. Algo positivo hay que apuntarles en su haber. Son capaces de reunir a cien o doscientas personas (incluso más) en los eventos donde participan, se venden bien sus libros y tienen muchísimos seguidores en las redes. Y así ponen la educación en el «candelabro».

Distinciones, premios, rankings. Asuntos que parecen no tener importancia salvo para los directamente interesados. Aparecen como relámpagos fugaces por los medios de comunicación. Y el sistema educativo sigue como si nada. Pero no vendría mal hacerse algunas reflexiones sobre, llamémosle así, el «currículo oculto» sobre los que descansa el pódium de los «vencedores». Sobre conceptos muy manoseados en las políticas educativas, sobre todo por las neoliberales. El esfuerzo y la competitividad, por ejemplo, que hay que propiciar, por supuesto, pero en su justa medida y prestando atención a las diferencias. La «excelencia» en los resultados académicos, que hay que matizar, pues los logros dependen en gran medida del punto de partida y de los recursos puestos a disposición de centros y profesores. La evaluación de centros y del profesorado, que está en mantillas y sobre la que habría que insistir mucho más. La mercantilización de la educación, que llevan a cabo ciertas entidades al utilizar esos «éxitos» cocinados casi exclusivamente para obtener beneficios económicos y de imagen sin aportar nada al sistema educativo. La apatía generalizada en el sector público, que no sabe o no se preocupa de «vender» y publicitar lo mucho y bien que se trabaja en las aulas de la escuela pública.

Hay mucho centro y mucho docente excelente que cada día intentan sacar adelante proyectos educativos de gran interés. Sin hacer ruido. A veces, contra viento y marea. Son realmente los «mejores». De ellos nadie se acuerda. Esos sí que merecen un gran aplauso. Y algún premio.

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