La conciencia estadounidense perdió ayer una de sus voces clave. Norman Mailer, una vez enfant terrible de las letras y siempre imprescindible, falleció de madrugada en el hospital Monte Sinaí de Nueva York por un fallo renal. El dos veces premio Pulitzer, novelista, ensayista, poeta, cineasta y germen del nuevo periodismo tenía 84 años y los dos últimos meses los pasó ingresado por graves problemas respiratorios.

Su legado quizá no incluya lo que fue una de sus obsesiones e impulsos, la obra definitiva de las letras estadounidenses, pero es de una riqueza extrema: 11 novelas, ensayos, poemas, biografías, obras de teatro, películas, el periódico The Village Voice, cientos de intervenciones públicas y una vida personal y profesional vibrante, incluso en capítulos oscuros como el ataque con un cuchillo a su segunda esposa o el apoyo a la liberación de un preso, Jack Henry Abbot, que tras salir en libertad mató a un hombre.

BRILLO PRECOZ

Norman Kingsley Mailer nació el 31 de enero de 1923 en Nueva Jersey, en una familia judía de clase media dominada por la madre. Vecino de Brooklyn desde la infancia, destacó pronto como estudiante. Entró en Harvard a los 16 años y se graduó como ingeniero, pero su pasión ya era la literatura.

Sirvió en el Pacífico en la II Guerra Mundial y ese tiempo inspiró Los desnudos y los muertos, la novela que acabó en 1948 cuando estaba en la Sorbona y que, a los 25 años, le convirtió en una estrella.

Siguieron un par de obras recibidas con frialdad, incluyendo El parque de los ciervos, cuyo fuerte contenido sexual provocó el rechazo de seis editoriales. Fue solo una de sus primeras cargas creativas contra la correción política, a la que seguirían numerosos trabajos que lo establecieron como una voz tan controvertida como brillante y necesaria.

Estilista obsesivo con la pluma --rehuyó la tecnología--, fue como una estrella de rock. Bebedor, fumador, marihuanero, tan mujeriego como dejan intuir sus seis bodas (y su enfrentamiento con el movimiento feminista), amante del boxeo, sin miedo a la violencia. Ideológicamente en la izquierda, decidió ser más que observador, y desde el marcarthismo hasta Kennedy, Vietnam y seis convenciones demócratas y republicanas fueron diana de su pluma y su palabra. Incluso intentó sin éxito ser alcalde de Nueva York. ¿Su objetivo? La secesión.

Expresidente del PEN, galardonado en el 2005 con el National Book Award, en los últimos tiempos se despreocupó por su reputación. "Tiene poco que ver con el talento de uno --declaraba a The New York Times--. Es la historia la que la determina, no el orden de tus palabras".

Su pluma y su pensamiento no se detuvieron ante los hombres, Dios ni Satán (presente en su última novela, El castillo en el bosque, centrada en Adolf Hitler, de la que preparaba la segunda parte, y que saldrá en España dentro de 10 días). Solo la muerte podía callarle.