Crítica de Javier Losilla: El chill out pirenaico de Ludovico Einaudi
El compositor italiano actuó el domingo ante un Auditorio Natural de Lanuza completo desde hace meses

Ludovico Einaudi durante el concierto que ofreció este domingo en Pirineos Sur. / JAIME ORIZ

Confieso que me resulta difícil compartir la pasión que miles de aficionados muestran por la música del compositor italiano Ludovico Einaudi. La de esos miles, por ejemplo, que el domingo llenaron el Auditorio Natural de Lanuza en el Festival Pirineos Sur y que siguieron la actuación de Einaudi en un silencio casi religioso; catártico, podríamos decir. Ludovico, creador de bandas sonoras para películas, series de televisión, teatro y danza, música de cámara y otros estilos, es un compositor y pianista popular, pero no tan brillante como Ennio Morricone, Philip Glass e incluso Michael Nyman. Lo cierto es que el Einaudi que más me interesa es el que, siguiendo las enseñanzas de su paisano Luciano Berio (1925-2003), escribe piezas en las que combina su proyección sonora con músicas populares.
El domingo, ya digo, Ludovico, que había agotado las entradas ya en el mes de mayo, reunió en Lanuza a varios miles de entregados seguidores a los que, lógicamente, les importa un bledo si a este cronista le gustan o le dejan de gustar los devaneos del italiano. Ellos fueron a lo que iban, y salieron del concierto más felices de lo que entraron. A fin de cuentas de eso se trata. Solo ante el piano, mientras la tarde caía en el singular paisaje en el que se ubica el escenario de Pirineos Sur, Einaudi fue desgranando un puñado de piezas sin sobresaltos, armando una especie de chill out pirenaico, sin mucha emoción, pero muy resultón: 'Atoms', 'Wind Song', 'Rolling Like A Ball', 'Natural Light', 'Almost June'…

Las entradas para el concierto del domingo se agotaron en el mes de mayo. / JAIME ORIZ
Un violinista, un chelista y un percusionista
La atmósfera cambió de tono más tarde cuando al pianista le acompañaron un violinista, un chelista y un percusionista. Objetivamente el panorama no ofreció muchas alteraciones, pero el aporte de la percusión y el juego del piano con la dinámica de las cuerdas, que ofrecieron algunos momentos de tensión, rompió un poco el bucle en el que las teclas habían entrado: 'Low Mist', 'L’origine Nascosta', 'Fly', 'Elements'.. A este encuentro a cuatro siguió otra tanda de canciones en solitario y un cierre de nuevo con percusión y cuerdas.
Para entonces el sol ya se había ocultado, claro, y el recinto se llenó del brillo de las pantallas de los móviles, en una curiosa quietud de luciérnagas tecnológicas alumbrando la 'notte tranquila' de un Ludovico Einaudi que fue más agasajado (con aplausos) que el famoso náufrago de García Márquez. Cuando todo terminó, el pianista y su elegante sombrero firmaron autógrafos y apretaron manos. Terminó el silencio, las carpas del pantano volvieron a sus saltos y los grillos entonaron al unísono "Ciao, Ludovico".
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